8 abril 2021

Luz de gas

Estamos locas. Siempre lo estamos. 

Estamos locas y somos lo peor. Nuestros actos lo demuestran y, gracias a como nos comportamos, cualquiera puede argumentar contra nosotras. Ese novio que no entiende que te moleste cuando se burla de ti delante de sus amigos. Ese amigo que no comprende que te pueda molestar que ese tío que no conoces de nada te diga lo buena que estás. Ese maridito que, cuando estás contando algo, se queda mirando atentamente a la jugada del partido, porque ¡qué coño! se juegan la vida ese domingo. Cada vez que me quejo de que me ignoren cuando hablo, cada vez que pido que esperen a que termine yo para dar su opinión, cada vez que he gritado que estoy hasta el coño de que me desprecien he escuchado eso de :” joder, es que se te va la olla”… 

Y eso va dejando pose. Va calando. Va haciendo que los que escuchan se acostumbren a tomar como locura cualquiera de tus decisiones. Es un recurso fácil y humillante. Ellos dicen que es para mantenernos tranquilitas. En realidad, es para que no cuestionemos su poder. Porque decir que no piensas lo mismo que ellos, les distorsiona. Los descoloca. ¿Y si los obligas a que tengan que replantearse todo lo que piensan? 

Me va a dar igual quién lo cuente y el formato en el que exponga su discurso. 

LO que tengo claro, es que si una mujer clama al cielo porque los hombres que la rodean la llaman “loca”, la escucharé antes a ella. Y la tendré antes en cuenta que a cualquiera que la llame loca como único argumento.

Todas estamos locas. Tan locas como para solo creernos entre nosotras. Ustedes verán…

Foto: Julián Jaén.

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