24 julio 2020

Yo grité de placer, amarradita

Me despido de la Plaza Mayor subiéndome a cenar con uno de mis vecinos a la azotea, coronando mi bendita plaza, de noche. Despedir la casa en la que más feliz he sido, follándome a quien he querido, abriendo las ventanas para que, con suerte, me vieran los del hotelazo de enfrente.

Vengarse del turismo que se ha comido mi ciudad implica que yo deje a alguno con las ganas. Con suerte me vio entre las piernas de alguien. Pero, seguro, no consiguió hincarme el diente. Pocas cosas me divierten tanto como dejar con la miel en los labios a quien no me merece. Porque a quien me gana, entregada me tiene.

Le he pedido al hijo del propietario de la casa en la que vivo que me deje escribir en las paredes lo feliz que he sido arropada en ellas. Después de cinco años de citas ineludibles en las que venía la buena gente, estas paredes no contarán nuestros secretos. Pasar página será fácil; con pintarlas, desaparecerán mis versos.

Ojalá quienes se ataron a mí, con estas vistas, guarden el recuerdo de las veces que grité de placer, amarradita.

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