31 enero 2020

Quien quiera peces…

He tenido que hacerme mayor para darme cuenta de las similitudes que hay entre la pesca y cualquiera de nuestros ligues

Me alegra la tarde cada vez que me cruzo con alguna de las que nadan entre delfines y cachalotes. ¿Recuerdan? Delfines son esos tan jóvenes, que se te resbalan cuando los abrazas y huyen nadando. Los cachalotes son más sabios. Y también más viejos. No llegan a la edad de nuestros maridos, porque aún tienen la piel de cuero, por la que les resbala nuestro melodrama.

Se está dando muy bien la pesca de grandes piezas, a juzgar por las agendas de la mayoría. Pero hay otras que somos más de los bancos de peces. De esos que nos rodean y atoran pero que, después, desaparecen. O las que eliguen las piezas sublimes, esas que cuesta mucho pescar. No porque no se dejen, sino porque aprendieron a huir, algunos, soltando hasta tinta, cual calamar.

Hablo tanto de peces, de conquistas y de amantes porque creo que el mar me lo ha dado todo a lo largo de mi vida. Y porque siempre habrá un ballenero que capte mi atención; yo soy de piezas casi imposibles. Tendré que aprender a pescar, si es necesario.

Si quieres ser buena en las artes de la pesca tienes que tener confianza en tu cebo, tenacidad en las artes que practiques y paciencia para esperar todo el tiempo que haga falta hasta conseguir tu escurridiza pieza.

La mayoría de nosotros a nuestros amantes, en realidad, los pescamos. 

Y ya saben lo que hay que hacer, cuando se quieren tantos peces…

Fotografía: Julián Jaén

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